Educación para la complejidad económica

Las teorías de la educación abarcan en sus definiciones y planteamientos una complejidad de elementos que reciben de la sociología, filosofía, psicología… Las políticas públicas educativas situarían estos modelos en sistemas educativos que deberían responder a la sociedad que tenemos, pero especialmente a la que esperamos tener, dado el carácter performativo de la educación. Sin necesidad de guiar las políticas públicas, el conocimiento académico si puede proporcionar una orientación de aquello que sabemos que funciona, aquello sobre lo que existe un consenso de acuerdo a los datos que disponemos.

Un artículo de Jesús Rogero García cuya lectura recomiendo, Si Finlandia no existiera, expone que para la planificación de políticas públicas en educación no debe hacerse en comparación con lo que hacen otros, por muy exitosas que sean sus experiencias, sino planificando a largo plazo cómo queremos que sea el país, a nivel productivo y social. Algunos datos al respecto -y algunos retos sociales pendientes que también son retos educativos-.

Si analizamos el índice de complejidad económica de España, según los datos del Observatory os Economic complexity (OEC), España ocupa el puesto 29, muy alejado de Japón, Suiza Alemania o Corea del Sur, que encabezan el listado. Datos similares encontramos a partir de los datos del Harvard Center for International Development, recogido en otro artículo de Agenda Pública –Capaces y diversos: no basta hacer lo que todo el mundo– en el que España ocupa el puesto 33 en el ranking.

El índice de complejidad económica mide la diferenciación de los productos que una economía produce respecto a los de países de su entorno. Las economías más desarrolladas son más complejas y una mayor complejidad tienen los productos que generan. Los más complejos están al alcance de pocas economías; las economías menos productivas generan menos productos y estos a su vez están poco diferenciados de los que se producen en su entorno.

Varios informes muestran además una tendencia hacia empleos basados en la digitalización (aquí; y aquí sobre las consecuencias laborales). Raymond Torres, de FUNCAS, añade al análisis (aquí): caminamos hacia un entorno económico globalizado y que tiende a la integración económica, a lo que se viene llamando economía de datos y el auge de la inteligencia artificial.

Si la automatización produce pérdida de empleos también conlleva la creación de otros nuevos, pero estos requieren de una específica cualificación. En su informe de septiembre de 2.018, Job Creation and Local Economic Development 2018, la OCDE incide en ello. Encuentran que el 14% de los empleos en los países miembros de la OCDE están en riesgo de desaparecer. El gráfico siguiente tomado de dicho estudio muestra el riesgo por países y regiones:

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Cabría preguntarnos si debe el sistema educativo preparar para el mercado laboral o dando una vuelta de tuerca si debe preparar a los empleados que necesitan las empresas. Sin necesidad de centrarnos en ello, las preguntas girarían sobre cómo las políticas públicas responden a este escenario movedizo de cambio de modelo socioeconómico. Si van a desaparecer empleos, tomando decisiones a largo plazo debería planificarse en qué sectores ocurrirá, y conociendo los problemas socioeconómicos actuales, planificar como aminorarlos. Entre otros, pensemos dos con fuerte carga en el sistema socioeconómico: la desigualdad y el cambio climático.

Existen varios estudios sobre la desigualdad social en España(aquí el informe de la OCDE sobre desigualdad y movilidad entre clases; aquí sobre desigualdad y segregación escolar en la Comunidad de Madrid) así como sobre la urgencia de responder a un proceso de descarbonización de nuestra economía (aquí informe de cara a 2050 y aquí informe del gobierno para una transición justa) para frenar el cambio climático, problema realmente urgente. En ambas la educación es un pilar de planificación.

El catedrático de sociología Miguel Requena tiene publicado un artículo en el Observatorio Social de La Caixa (aquí) donde explica por qué el nivel educativo -el grado de titulación- es el factor más relevante para explicar la promoción entre clases profesionales, aumentando una mayor titulación la probabilidad de ascender pero también evitando el riesgo de caer en la escala social. Tomado de su estudio, el cuadro muestra la relación inversa entre educación y desempleo para ambos sexos, a partir de los datos de población activa del 2º trimestre de 2016:

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La transición hacia una economía descarbonizada para cumplir con el acuerdo de París contra el cambio climático ofrece el reto para un cambio de modelo productivo del país (aquí lo desarrolla un informe del Eurofound, formado por la UE, sindicatos y patronal), con perspectivas de creación de empleo en nuevos sectores, pero que inevitablemente conllevará perdedores. La transición debería tener el menos impacto social posible, atendiendo a los colectivos sociales más vulnerables. La formación, como muestra el estudio de Requena, es un factor fundamental para reducir el impacto de un cambio de modelo tecnológico. ¿Qué profesionales necesitaremos? y ¿qué habilidades o competencias necesitarán para comprender ese escenario? son preguntas necesarias.

Alejando el currículum de la práctica sobre problemas inmediatos, se introducen elementos para una comprensión crítica de la realidad. Si bien vimos a las STEM necesarias en un contexto de cambio socioeconómico, las ciencias sociales y las humanidades introducen los elementos necesarios para el razonamiento crítico. Los ciudadanos necesitan hacerse preguntas y buscar respuestas sobre los procesos en los que están inmersos. Si la educación no proporciona herramientas para ello, de acuerdo con Michael W. Apple, sería incapacitante.

Hay multitud de discursos sobre la irrupción de las tecnologías digitales y su impacto en educación- en la anterior entrada comenté la atención prestada a la inteligencia artificial-. Debemos distinguir entre desarrollo tecnológico y apropiación cultural de la tecnología. Las políticas públicas, al menos, no deben responder al input de la tecnología disponible, sino a la creación de un modelo socioeconómico a largo plazo, incluyendo aquellos procesos formativos que permitirán afianzarlo. Resumiendo: queremos esto y tenemos estos problemas; ¿cómo contribuye el sistema educativo, junto al resto de políticas implementadas, a paliar nuestros handicaps? Si el modelo socioeconómico va a cambiar, el sistema educativo debe responder a un modelo de país, no exclusivamente a un modelo tecnológico.

Por todo esto plantear políticas públicas es tan complejo.

Acerca de Gabriel Rosa Bernaez

Profesor y consultor. Educación y cambio social. Doctorando en Educación en la Universidad Complutense.
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