Implicaciones pedagógicas en la obra de Edgar Morin

Leo en el número 4 de la revista “Filosofía Hoy” una reseña sobre la vida y obra del prolífico centenario Oscar Niemeyer, en la que se entresacan pequeñas intervenciones suyas de las que destila su ideario. ¿Hasta qué punto su obra arquitectónica no es sólo contextual, sino una reflexión sobre su tiempo? Cuenta Niemeyer que “como Gauguin me pregunto una y otra vez: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?”1, preguntas que cualquier disciplina debe tener como base si quiere ser útil y permitirnos ahondar en el conocimiento de nuestro lugar en el mundo. Igual que se lo pregunta este arquitecto, deberían ser preguntas que acompañasen la formación inicial del profesorado, su práctica docente y su formación continua; y en el trasfondo, son ideas que deberían figurar en cualquier debate y desarrollo curricular. Antes que una reflexión de qué saberes son los que deben transmitirse en las instituciones escolares, cabe la pregunta de los que esos saberes aportan al individuo y cómo harán que ese individuo se desarrolle y contribuya en la sociedad.

Quiero detenerme en la obra “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”
de Edgar Morin, una reflexión sobre el problema de lo humano y lo vivo, y deja una serie de implicaciones pedagógicas. El libro es un encargo de la UNESCO publicado en el año 1.999. Su entonces Director General, Federico Mayor Zaragoza, dice en el prólogo:

En la evolución hacia los cambios fundamentales de nuestros estilos de vida y nuestros comportamientos, la educación -en su sentido más amplio- juega un papel preponderante. La educación es “la fuerza del futuro”, porque ella constituye uno de los instrumentos más poderosos para realizar el cambio. Uno de los desafíos más difíciles será el de modificar nuestro pensamiento de manera que enfrente la complejidad creciente, la rapidez de los cambios y lo imprevisible que caracteriza nuestro mundo. Debemos reconsiderar la organización del conocimiento. Para ello debemos derribar las barreras tradicionales entre las disciplinas y concebir la manera de volver a unir lo que hasta ahora ha estado separado. Debemos reformular nuestras políticas y programas educativos. Al realizar estas reformas es necesario mantener la mirada fija hacia el largo plaza, hacia el mundo de las generaciones futuras frente a las cuales tenemos una enorme responsabilidad.

Los cambios tecnológicos que están provocando el rápido desarrollo de una sociedad en red están cambiando nuestra forma de acceder a la información y generar conocimiento. Las redes borran en cierta medida las disciplinas tradicionales, intercomunicando a profesionales de diferentes ámbitos, permitiendo acceder a su trabajo desde cualquier lugar. La Escuela debe reflexionar sobre su papel y lugar ante estos cambios sociales para evitar enseñar en el s. XXI con las estrategias didácticas del s. XIX.

Esta reflexión sobre el papel de la escuela debe ser profunda e incluir el cómo se producen los procesos educativos en su seno y sobre qué versa ese proceso educativo. Una reflexión sobre la ecología del conocimiento, que ataña tanto a la forma de aprender (en red: colaborativo, colectivo), a los cambios en nuestra concepción de la realidad2 y a la propia esencia del conocimiento y de los humano.

La obra de Morin ofrece una serie de conocimientos/saberes que permiten una reflexión y reorganización sobre/en/del proceso educativo hacia una coherencia con esa problemática de la vida y lo humano. No quiero detenerme en un análisis pormenorizado de cada uno de los saberes, un alarde de coherencia con toda la aventura intelectual de Morin (de la que los títulos de su ingente “El método” dan una idea certera de los caminos que recorre: la naturaleza de la naturaleza, la vida de la vida, el conocimiento del conocimiento, las ideas), sino en las implicaciones pedagógicas que conllevan.

Reflexionar sobre lo humano y nuestro lugar en el mundo para llevarlo a la vida escolar no se reduce a una serie de contenidos secuenciados para ser desarrollados por niveles educativos. Se debe buscar una coherencia interna en todo el proceso educativo y el propio proceso debe ser consciente de que tanto el qué, cómo y cuándo enseñar necesitan una reforma que los vuelva más coherentes con la forma que tenemos de aprender: construcción del conocimiento por cada persona, los límites propios de ese conocimiento; un ser humano físico-biológico-psíquico-cultural-social-histórico con la naturaleza incierta e impredecible del mundo y de la vida.

Esta obra de Morin lleva una serie de implicaciones sobre la formación del profesorado, la práctica y la teoría educativa.

Formación del profesorado

  • Necesidad de incluir en los programas de formación las teorías de formación del conocimiento desde una perspectiva crítica, esta es, como forma de conocer como se forma el conocimiento y cómo esa forma debe concretarse en nuestra forma de enseñar.
  • El abandono de los programas cerrados de formación por proyectos, donde la participación y la apuesta formen parte del proceso educativo.
  • Abandono de los programas cerrados de formación por propuestas por proyectos, abiertas a la incertidumbre de la práctica educativa.

Experiencia didáctica

  • La necesidad de contextualizar el proceso de aprendizaje (hacerlo significativo en el sentido de Ausubel).
  • El uso de las artes: cine, literatura, pintura… como recursos sobre los que ahondar en la forma de ser de los humanos (la condición humana).
  • La necesidad del contacto, del intercambio entre todos los partícipes del proceso educativo. Al compartir y al partir de lo común, sentirse individual en ese grupo, con lo que uno trae y lo que coge, con lo que uno tiene de carácter, coraje… y no es diferente de lo que tienen los otros.
  • El espacio educativo no puede ni debe restringirse a un espacio definido y cerrado. Los lugares educativos han de posibilitar el encuentro de la persona con todas sus facetas: intelectual, física-deportiva, biológica, ética, histórica… Todo el municipio se torna por tanto como espacio educativo en su integridad.
  • La búsqueda de lenguajes comunes a todos los miembros del proceso educativo que nos permitan expresar la multiplicidad de lo humano (efectivo, cultural, biológico…).

Teoría educativa

  • Reforma de la estructura del conocimiento a enseñar: perspectiva transdisciplinaria.
  • Reforma consecuente de la estructura escolar: reforma de las asignaturas hacia una perspectiva transdisciplinar.
  • La educación y los centros educativos deben conservar y preservar el saber de un tiempo, porque “no podemos construir un futuro sin salvar el pasado”.
  • La preservación pasa por un diálogo histórico-contextualizado entre saberes evitando dogmas, partiendo de que el saber es fruto de un diálogo y por lo tanto cambiante.Lo educativo no puede reducirse solamente a conceptos, procesos y actitudes. Debe incluir todos aquellos aspectos de las diferentes formas de vida (ritos, vestimenta…), aspectos más amplios en los que los primeros se incluyen, desde una visión relacional y relativa entre los diferentes modos de vida.

Los docentes deben ser protagonistas del proceso educativo en todos los ámbitos a través de la autonomía y organización de los centros, ejes de las reflexiones que se generan en la vida escolar. Corresponde a cada maestro la reflexión educativa y su desarrollo en su práctica docente; esto es, la contextualización de sus propuestas didácticas a las características del alumnado, del propio conocimiento y de la sociedad. Asumiendo este principio, las redes de conocimiento entre profesionales son parte de este proceso.

La formación de los maestros en todos sus niveles de concreción debe recoger esta necesidad. Desde la formación capacitadora previa (Ciclos Formativos o estudios universitarios), la formación continua a través de cursos o la formación a través de nuestras propuestas en el aula, reflexionando sobre como nuestro trabajo se desarrolla en el aula (investigación-acción).

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Notas:

(1) “Oscar Niemeyer todavía está vivo”. Revista Filosofía Hoy nº4. Pag. 48-49

(2) Antonio Damasio: El cerebro ha evolucionado para mantener las constantes necesarias para la supervivencia, lo que se denomina “homeostasis”, pero “¿la revolución digital va a mantener y a reafirmar los objetivos principales de la homeostasis básica, tal como hace la homeostasis sociocultural, o se separará, para bien o para mal, de su cordón umbilical evolutivo?” En MARINA, J.A. (2011) El cerebro infantil: la gran oportunidad. Madrid. Ariel.

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA:

MORIN, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. París. UNESCO. Disponible en http://bit.ly/ixqcTP

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Acerca de gabrielrosabernaez

Doctorando en Educación en la Universidad Complutense. Escribo sobre la ecología de los medios de información, comunicación y aprendizaje; y sobre sistemas complejos y epistemología.
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